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bailar para no desaparecer

4 días…CRUISE - Mi última noche en la tierra. 24 de octubreTeatro Milán 📷 @denni.contreras.jpg
Hoy inicia el viaje…CRUISE- Mi última noche en la tierra📷 @denni.contreras.jpg
CRUISE — Mi última noche en la tierra.La música, las luces y ese algo que solo pasa aquí.Cerramo.jpg

Se apagaron las luces en el Teatro Milán y no estoy solo: me acompaña una sensación que sólo quienes pertenecemos a este colectivo entendemos. Una mezcla rara de duelo, orgullo, rabia contenida, familia elegida y, sí, fiesta.

Mientras Mike recorría los clubes de Soho y las calles de Londres como si cada noche fuera la última y su cuerpo se convertía en un grito de vida, yo no podía dejar de pensar en cuántos de nosotrxs hemos bailado así, como si el cuerpo intentara sostener lo que se nos escapa. Ese impulso primitivo de sostenernos a través del movimiento, de encontrar en la música un lugar donde la herida respira sin pena y nos recuerda que seguimos vivos. Desde el primer minuto su historia dialoga con la mía, aunque estemos separadxs por décadas.

Vi Cruise con una sensación que me atravesó de inmediato. La obra escrita por Jack Holden sucede en 1984, un año que para muchos marcó el inicio de una pesadilla: el VIH como sentencia, el miedo como atmósfera y una comunidad obligada a sobrevivir en silencio. Y, sin embargo, ése también es el año en que yo nací. Siempre me ha sorprendido esa coincidencia —como si mi primer día en este mundo ocurriera al mismo tiempo que Mike, en la ficción, recibía un diagnóstico que lo empujaba a vivir sin mañana. Lo pienso mientras lo escucho desde el escenario: él iniciando una vida bajo la sombra del virus, y yo comenzando la mía sin saber que crecería heredando una memoria que no viví, pero que igual me formó. Somos generaciones distintas, pero conectadas por una misma vibración emocional.

Cruise narra la historia de un hombre que, tras recibir un diagnóstico de VIH, decide vivir sus posibles “últimos” días sumergido en la escena electrónica de Londres. Bajo la dirección de Alonso Íñiguez, la obra se despliega como un monólogo que transita entre recuerdos, velocidad nocturna y la fragilidad del cuerpo. A través de Mike, vemos cómo miedo y euforia pueden coexistir en un mismo latido: la vida reducida a noches que mezclan deseo, amistad, vértigo y un impulso feroz por no desaparecer. Más que una tragedia, la obra celebra la resistencia y la forma en que la comunidad encontró luz —y familia— en medio del caos.

Lo que más me sacude es que no habla del VIH sólo como enfermedad, sino como una marca social que transformó existencias enteras. En la historia de Mike, el miedo viene tanto del diagnóstico como de un entorno que lo reduce, lo señala, lo abandona. La ignorancia institucional de los ochenta era tan violenta como el virus mismo: un sistema que volteaba la mirada mientras miles morían sin apoyo ni información. Y me pregunto cuánto ha cambiado realmente. Porque aunque hoy existan tratamientos, avances y discursos más abiertos, el estigma sigue filtrándose entre nosotrxs: en los silencios, en las conversaciones incómodas, en prejuicios que aún aparecen dentro y fuera del propio colectivo. No crecimos en los ochenta, pero si con su sombra, que sigue moldeando cómo entendemos el cuerpo, el deseo, la salud y el miedo.

Hubo varios momentos de Cruise que me desgarraron, pero uno se me quedó tatuado: casi al final, cuando Alejandro Speitzer —con una interpretación majestuosa— lanza uno de los monólogos más crudos mientras yo estoy sentado justo frente a él. No había distancia entre su mirada y la mía. La música como último refugio, las luces como respiración asistida, la pista como ese lugar donde el dolor no desaparece, pero sí se sostiene. Y ahí, mirándolo de frente, me inundó una mezcla de conmoción y gratitud. Gratitud por estar vivo en otra época, en un tiempo donde la historia que heredamos sigue doliendo, pero ya no nos sentencia igual.

Hoy sábado en el Milán… CRUISE — Mi última noche en la tierra, vuelve a latir entre música y luc.jpg
Hoy se vive CRUISE - Mi última noche en la tierra.19-00 y 21-00 hrs - Teatro Milán..jpg
Plan de domingo-CRUISE - Mi última noche en la tierra.Teatro Milán — 17 y 19 hrs..jpg

Entre las cosas más poderosas de Cruise está cómo retrata al colectivo como ese hogar que aparece cuando el mundo cierra puertas. En la historia de Michael, la amistad salva más vidas que cualquier institución: son lxs amigxs quienes sostienen, acompañan y se quedan cuando la familia biológica desaparece por miedo o vergüenza. La familia elegida no es un concepto romántico; es un acto político, un refugio emocional y una forma radical de resistencia. Y pienso en cómo esta herencia afectiva sigue viva en nosotrxs. Crecimos sabiendo que, muchas veces, nuestro verdadero sostén viene de quienes comparten nuestras historias, miedos, celebraciones y también nuestros duelos. Tal vez por eso conecto tanto con la idea de comunidad en mi vida y en mi trabajo: porque sé que, en este colectivo, el amor y la empatía han sido siempre nuestras herramientas más potentes para sobrevivir y seguir creando.

En Cruise, la fiesta no es un escape vacío: es un ritual de supervivencia. La pista de baile aparece como un templo donde el miedo se suspende por unas horas y el cuerpo puede decir, con cada movimiento, todavía estoy aquí. Ver a Mike entregarse a la música me recordó algo que conozco demasiado bien: hay momentos en los que es lo único que tenemos. La fiesta ha sostenido a nuestra comunidad en crisis individuales y colectivas; ha sido refugio cuando la vida se vuelve insoportable, un abrazo cuando no sabemos pedir ayuda, una protesta cuando el mundo insiste en reducirnos. En nuestra historia, la noche es trinchera emocional, un espacio donde existimos sin explicaciones, donde el dolor y la euforia se mezclan y, por un instante, respirar es más fácil. No es frivolidad: es memoria, resistencia y una forma de cuidarnos mutuamente.

“Si estoy triste, está bien. Si estoy feliz, está bien.” – MichaelArrancamos temporada de @cruis.jpg
Hoy se vive otra función de CRUISE – Mi última noche en la tierra.17-00 y 19-00 hrs - Teatro Mil.jpg
Hoy se vive otra noche de Cruise.17-00 y 19-00 hrs - Teatro Milán.El plan perfecto para cerrar l.jpg

La música no acompaña la historia: la sostiene desde adentro. Es un personaje más —o mejor dicho, el que mantiene todo vivo—, un pulso que organiza el caos, que envuelve a Mike cuando ya no queda nada más de qué agarrarse y que convierte cada escena en un latido. Y ahí, en un costado del escenario, está el DJ: no como adorno, sino como guardián del ritmo, como testigo silencioso que mezcla memoria, deseo y despedidas en tiempo real. Cada canción abre un capítulo, cada beat nombra una herida o anuncia un vértigo nuevo. Es un ritmo que se adhiere al cuerpo, que guía cuando la ciudad pesa demasiado y que ofrece un lenguaje propio cuando las palabras simplemente no alcanzan. La música construye memoria, ilumina los pasajes más oscuros y empuja a Mike hacia momentos de libertad absoluta. Él baila porque el ritmo es certeza: la energía que no se rompe, el único espacio donde puede existir sin miedo. Bailar era aferrarse a la vida, incluso cuando parecía escaparse. La pista es altar, refugio y la forma más pura de resistencia.

Vivir como si fuera el último día sobre la tierra, esto resonó distinto viendo Cruise. Justo hoy 1 de diciembre, pienso en la memoria del colectivo, en lo necesario que es no olvidar lo que esa generación vivió, lo que cargó y lo que nos heredó. La historia de Mike me recuerda que mientras yo llegaba al mundo, otros ya estaban ardiendo. No viví esa época, pero crecí con su sombra, su miedo, su resiliencia filtrada en la cultura, en los silencios familiares, en la forma en que aprendí a amar y a cuidarme. Verlo aferrarse a la música me regresó también a mis propios veintes, cuando la pista era refugio, consuelo y, muchas veces, lo único que parecía sostenerme. Hoy, en este día que existe para recordar lo que el VIH se llevó —y también lo que la comunidad supo crear frente al dolor— pienso en lo afortunado que soy de estar aquí, vivo, mirando hacia atrás con gratitud y hacia adelante con ganas. Cruise me recordó que mi creatividad, mis ganas de contar historias, incluso el origen de Hibrido, nacen de esa necesidad ancestral de no desaparecer.

Quizás bailar siga siendo la forma más honesta que tenemos de decirle al mundo que seguimos vivos.

 

Elié Rodríguez

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